Steve Earle
lunes, 21 de septiembre de 2009
Barcelona: Bikini, 19/ 09/ 2009.
Las canciones desnudas de "Los esqueletos", proyecto en solitario de Hendrik Röver (Los Deltonos), amenizaron la espera adecuadamente. Estuvo bien, en su papel, aunque, para qué negarlo, sus canciones se me hicieron algo pesadas y monótonas; y la respetuosa escasa cincuentena de audiencia que llegó pronto había venido a ver a Earle, eso estaba claro. Hendrik lo sabía y no dejó de dar las gracias y de promocionar su disco: "Aprovechen, que este hombre [refiriéndose a Earle] no tiene merchandising, compren mi disco y así se llevan algo para casa".
Poco más de un centenar y medio de almas (¿dónde estaban todos los rockeros trues barceloneses que presumen de serlo, viendo el fútbol?) nos apretamos contra el escenario, ansiosos por revivir el espíritu maldito de Townes Van Zandt de la mano del último disco homenaje (Townes, New West Records, 2009) de la leyenda viva entre los cantautores. Nadie como Earle podía invocar su música porque fue su pupilo y su amigo (le puso su nombre a su hijo) y no sólo le conoció como nadie desde los 16 años, sino que compartió durante un tiempo la espiral del alcohol y drogas y el instinto de autodestrucción que impregnan muchas de sus quebradizas pero poderosas canciones. Por fortuna Earle abandonó ese camino y gracias a eso está aquí para hacernos felices. Quizá morir en un callejón le habrían convertido en un mito, pero no le ha hecho falta tan trágico final.
Salió el barbudo Steve acompañado únicamente de sus guitarras Martin & Co (que cambió por mandolina o bouzouki en algunos momentos más folk del repertorio, como la coreada "Galway Girl") y su armónica. Ni el tan criticado DJ de su pasada gira ni Allison Moorer, su esposa, eran necesarios para que llenara el escenario. Dirán que a sus cincuenta y pico años está domesticado, que el amor y quizá mantenerse sobrio y limpio le han salvado la vida pero quitado garra (nueve discos excepcionales después de eso, señores y señoras), que ya no es el que era... Pero quien le vea sobre un escenario no puede más que certificar que este señor es muy grande y dispone de un repertorio y un saber estar que quita el hipo. Para una servidora, que adora su trayectoria, su música y a la que, para qué negarlo, este hombre le cae estupendamente en todos los sentidos, verle por primera vez era la forma de comprobar si es cierta la leyenda. Su presencia es tan magnética como dicen. O más. Si Steve Earle te clava la mirada mientras toca y canta verás que hay fuego en su interior. Cuando interpreta las canciones de Townes no las cuenta, las vive y te las hace vivir.
Durante toda la primera parte del concierto desgranó temas de Van Zandt entre explicaciones y anécdotas haciendo gala de sus dotes de showman y recordando con cariño al homenajeado, como cuando rememoró la primera vez que tocó ante Townes. Especialmente emocionante fue "Pancho & Lefty", "Marie", "Colorado Girl" o "To Live Is To Fly", el epígrafe en la tumba de Van Zandt.
Luego el artista brilló con luz propia interpretando un puñado de canciones de su repertorio que abarcaban casi toda su carrera, haciendo hincapié (para delicia de todos) en temas antiguos pero ya míticos de sus primeros álbumes: Guitar Town, Exit 0, Copperhead Road. Prácticamente tocó una canción de cada uno de sus trabajos. Se mostró reivindicativo pero esperanzado ("las cosas están cambiando allá en mi país") con "Jerusalem" y "Christmas In Washington". Incluso interpretó la hermosa "Sparkle & Shine", escrita junto a su esposa. Nos estremecimos con "My Old Friend Blues", nos emocionamos casi hasta la lágrima con "Goodbye", coreamos la springsteeniana "Someday", nos hizo movernos con "Copperhead Road" y "I Ain't Ever Satisfied".
Cuando ya tenía al público más que en el bolsillo por desgracia se acabó el tiempo que la sala le permitía tocar. Y después de dos horas de un fabuloso concierto, sin perder tiempo, un Steve Earle agradecido, feliz y pletórico se volvió a colgar la guitarra y nos aplastó con "Hardcore Troubadour".
En definitiva, memorable.










